Archive | febrero 2012

El triste amor

De aquel amor
nacieron alas rotas
frágiles pájaros ausentes
de arcilla y barro.

Modelados por la lluvia
del amor pasado
partieron lejos
rompiendo las jaulas
del amor más triste.

Invisibles ojos
del olvidado amor
alas tristes de arcilla y barro
frágiles pájaros de nieve
tallados en la memoria
de un verso evaporado.

Alejandra Moglia

Ramón García Mateos ha ganado el Premio Tiflos de Literatura de la ONCE en la categoría Cuento

El poeta y escritor Ramón García Mateos ha sido galardonado con el Premio Tiflos de Literatura que otorga la ONCE en la categoría Cuento .

 En la página Web de la ONCE se señala:
 

En la categoría de Cuento, el ganador ha sido Ramón García Mateos, nacido en Salamanca, aunque residente en Cambrils (Tarragona), por el trabajo titulado “Baza de copas: ajuste de cuentas”, por mayoría del jurado, por ser un libro “que incluye narraciones con una frondosidad lírica extraordinaria, y ensarta aspectos poéticos. El autor es un escritor de verdad que se salta las barreras de los géneros literarios”, según explicó Ángel Luis Prieto de Paula.

Son también ganadores de los Premios Tiflos de Literatura Santiago Velázquez Jordán, en la categoría novela y José Luis Rey, en la categoría Poesía.

Ramón García Mateos

FUENTE

 Los escritores Santiago Velázquez Jordán, José Luis Rey y Ramón García Mateos, ganadores de los Premios Tiflos de Literatura de la ONCE. En: ONCE

Ver también:

De amor y de copla

Presentación de la poesía de Aurelio González Ovies en la Biblioteca Pública Municipal de San Miguel de Allende – México

El próximo 7 de marzo a las 17 hs., la Biblioteca Pública Municipal de San Miguel de Allende (México) y la escritora María García Esperón presentarán la obra del poeta asturiano Aurelio González Ovies.

La presentación se llevará adelante en el marco del programa Miércoles de Poesía: el goce de leer.

La entrada es libre.

FUENTE

La poesía de Aurelio González Ovies en la Biblioteca Municipal de San Miguel de Allende. En: Blog de María García Esperón.

Horizonte entre las alas, de Hamlet Lima Quintana, musicalizado por Enrique Llopis

15 de septiembre de 1923 - 21 de febrero de 2002

Por que razón no pudo despegarse
de aquel sitio que amó,
si él tenía las alas para el vuelo,
las urgencias de la imaginación.
Por que razón no pudo andar al viento
si el viento creció, cuando todos los vientos de la vida,
le pintaron la rosa del amor.

Por que razón jamás cambió su modo
de cantar la canción,
de engendrarles los hijos a su tierra,
de parir la palabra con dolor.
Por que razón ponía la distancia
sin cambiar de color,
se llevaba los rostros de su sangre,
la alegría, el combate, la ilusión.

Pero al fin con estar en su lugar,
en su horizonte,
viajaba al sol, volaba por adentro
con las alas de miel,
y era más pasajero sin distancia,
golondrina y paloma de papel.

Hamlet Lima Quintana (poema)

Enrique Llopis (música)

FUENTE

Enrique Llopis. Web oficial

Voz de Hamlet Lima Quintana

Mawün – Lluvia, Leonel Lienlaf

Nagpay tapül rayen kechi  
kiñeke wag nagpay 
umülünmu rupay  
kachill ñi piuke  
ka füchküllmaenew ñi mollfüñ.

Bajó como pétalos de flores  
gota a gota  
y cayó sobre mi cabeza  
luego se escurrió  
cerca de mi corazón  
refrescando mis venas sedientas.

Leonel Lienlaf

De: Se ha despertado el ave de mi corazón.

Lienlaf, Leonel. Se ha despertado el ave de mi corazón. Santiago de Chile: Editorial Universitaria,  1989.

Este poema está publicado junto a una selección de otros poemas en el Centro de Documentación Mapuche.

Presentación de La música en un tranvía checo y otros ensayos, de Karla Olvera

El pasado 8 de febrero Andrés de Luna, Jezreel Salazar y Eduardo Uribe presentaron en el Museo de El Estanquillo (México) el libro La música en un tranvía checo y otros ensayos, de Karla Olvera, libro que fue galardonado con el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2011

 

Dice el Conaculta:

“En armonía con su tema, los ensayos aquí reunidos funcionan como un diario íntimo en el cual Karla Olvera registra los viajes, los libros y los motivos que la impulsan a escribir. El eje, sin embargo, son los hallazgos cotidianos de los otros, en este caso los de Franz Kafka, Virginia Woolf y Fernando Pessoa. Así, sumergiéndose en estos hallazgos, la autora reflexiona sobre una variedad de temas que va de los tranvías checos a las camas austriacas, del aburrimiento como síntoma de refinamiento al té, el esnobismo y la economía personal de Pessoa”. 

Reseña de Elisa Rodríguez Court

“La música en un tranvía checo: las golondrinas de Karla Olvera”

Imagen: Conaculta

Cuenta Karla Olvera en su libro La música en un tranvía checo, galardonado con el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos 2011, sobre la niña del Baumgarten, motivo de una de las entradas en el diario de Kafka. Una criatura cándida de cinco años que pregunta en el parque a un adulto que la acompaña: “Quién es el que lo hace con la saliva?” Responde este: “Te refieres a la golondrina.”

Karla Olvera habla de esta niña de la nota de Kafka a la que posiblemente le maravillara la idea de que pájaros tan pequeñitos pudieran construir sus nidos con saliva. Casas bellas y originales y, además, seguras. Añade esta escritora más adelante que el nido de las golondrinas es el modelo perfecto de lo insólito, de lo bello e inverosímil. Y frente a lo insólito la gente no suele saber comportarse, porque pertenece a ese ámbito donde se hace posible, en palabras de Karla Olvera, ”la invención, asimilación y creación de objetos y situaciones que violentan la realidad de una manera sublime”. Es tal vez de ese sentido de la extrañeza que hace tambalear la seguridades amuralladas de lo que habla, entre otras cuestiones, esta escritora.

Ella no necesita recurrir a realidades trascendentes para mostrar lo familiar en lo más extraño y viceversa. De ahí que los ensayos reunidos en su libro funcionen como un diario íntimo en el que registra pasajes de la realidad que, pese a su aparente inmovilidad, se revela en toda su esencia cambiante. Lo hace a través de sus ojos contemplando los hallazgos cotidianos de los otros, en este caso los de Kafka, Pessoa y Virginia Woolf escritos en sus diarios. De este modo, se podría decir que su libro es un diario íntimo en el que sus ojos miran cómo otros miran. En consecuencia, lo que prevalece es la propia mirada, pues como ella misma sabe, fortis imaginatio generat casum. Así se revelan a lo largo del libro las diferentes variantes de golondrinas que pueblan el imaginario de Karla Olvera, quien crea a través de su escritura una amplia gama de motivos bellos y transparentes como esa impoluta saliva de la que habla para aludir a lo que hace al nido de las golondrinas. Centra, pues, su atención en los hallazgos cotidianos casi inverosímiles que suelen pasar desapercibidos, pero cuya belleza y excéntricas nimiedades se vuelven, una vez que se han recuperado, piedras preciosas que estaban llamadas a ser. No parece, pues, extraño que el primer capítulo de su libro lleve este título, tomado de una cita de Alan Pauls referida a los diarios íntimos.

Dice la autora de La música en un travía checo que decidió abordar estos hallazgos de la misma manera en la que dio con ellos, es decir, vagando. Su libro es un viaje en cuyo itinerario “la imaginación es el único cicerone”. Imaginación, la de Karla Olvera, en la que se funden el arte y la vida. Por eso en su libro se entreveran imágenes cinematográficas y fragmentos musicales, así como un amplio repertorio de sublimes referencias literarias. Todo ello se muestra en su escritura tanto bajo el procedimiento de las matrioshkas -sobre las matrioshkas habla también ampliamente en su librodonde un pasaje de la realidad lleva dentro de sí otra realidad que lleva en su interior otra y así sucesivamente, como en un trayecto zigzagueante, sin meta pero con sentido. Un viaje aleatorio en el que esta viajera nos va descubriendo piedras preciosas que nos invitan a su contemplación instantánea. Sin embargo, pese a su fugacidad, ahí han quedado escritas en La música en un tranvía checo,libro que contiene mentiras hermosas. Como bien dice la misma Karla Olvera, toda ficción “es la más bella y fantasiosa mentira que existe, sólo que los lectores aceptan gustosos que se les mienta. La ficción supone un pacto entre el lector y la literatura que se le presenta, el llamado pacto ficcional.” En este caso, para sumergirse en el universo literario de Karla Olvera, cuya mirada poblada de golondrinas ha convertido mediante la escritura hallazgos de otros en nidos preciosos que estaban llamados a ser.   

Elisa Rodríguez Court

FUENTE DE LA RESEÑA:

La música en un tranvía checo: las golondrinas de Karla Olvera. En: Trayectos ciegos.

VER:

Descubre la cotidianeidad de Kafka, Pessoa y Woolf en nueve ensayos. Conaculta

La música en un tranvía checo y otros ensayos.

El argentino que se hizo querer de todos, por Gabriel García Márquez

Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión y  habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.

A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonious Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.

Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: La noche de Mantequilla Nápoles. Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.

Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también las que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer.

Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de París con nombre inglés, adonde él solía ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean-Paul Sartre lo hacía a trescientos metros de allí, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legítima que manchaba los dedos. Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de Lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta, entre peloteros más mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquél era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.

Años después, cuando ya éramos viejos amigos, creí volver a verlo como lo vi aquel día, pues me parece que se recreó a si mismo en uno de los cuentos mejor acabados – El otro cielo -, en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistía de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina. Como si lo hubiera hecho frente a un espejo. Cortázar lo describió así: “Tenía una expresión distante y a la vez curiosamente fija. La cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y se rehúsa a dar el paso que lo devolverá a la vigília.”. Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevía a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la fría cólera con que él mismo hubiera percibido una interpelación semejante. Lo raro es que yo tampoco me había atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo. En las muchas que nos vimos años después, lo único que había cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecía cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca había dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con la que había nacido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo había visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez.

Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estar muriéndose otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temía más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecía indecente. En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocí y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elogías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.

Gabriel García Márquez

Extraído de “Manual de Cronopios” (Francisco J. Uriz) – Ediciones de la Torre ©1992

FUENTESololiteratura.com

Luis Alberto Spinetta

23 de enero de 1950 - 8 de febrero de 2012

La música es un lenguaje que está en el cosmos como todo lo que nos rodea. El músico que se pone en contacto con el cosmos, que sabe indagarlo con amor, que consigue la comunicación con otros seres y con Dios…ese hombre músico podrá apoderarse y utilizar ese lenguaje como si leyera una clave que pareciera indescifrable y hará su música, sin detenerse jamás.

Luis Alberto Spinetta, citado por Página/12

cielo o piel
silencio o verdad
sos alma de diamante
por eso ven así con la humanidad
alma de diamante

(fragmento)

VER

El manifiesto de Spinetta. En: Infonews, 8 de febrero de 2012

En primera persona. En: Página/12, 8 de febrero de 2012

Permanencia, Elizabeth Azcona Cranwell

Elizabeth Azcona Cranwell

El cielo es curvo y cierto de humedad
cielo de confesiones incumplidas.

Es en vano llenar de gestos nuevos los huecos de la
tarde, adorar cada día un reflejo distinto, andar
cazando vida muy lejos de la orilla del corazón.

El amor envejece
y es tu voz la que precipita el desasosiego del atardecer.

Esto eres tú todavía, todavía tu intento insostenible,
todavía tu rostro, la gran dulzura desesperada.

Mi soledad saqueada por amigos sonrientes, ahora por
momentos su eterno descubrir.

Y de mi triunfa siempre la nostalgia, esa ardiente
insegura.

En el colmo del tiempo volveré a dedicarme a tu mirada.
El amor rozará muchas veces el borde de mi noche.
No te destruirá.

Elizabeth Azcona Cranwell

Bayley, E. – [...y otros] La poesía del cincuenta. Buenos Aires: CEAL, 1981.

Mis muertes y las tuyas, Juan Jacobo Bajarlía

Este pan era mío. Aquella tierra era tuya.
Todo estaba en nosotros y no era nuestro.
Pero el estallido nos rodeaba. El estallido era el agua que bebíamos para morir.

Los ojos -’cuántas veces los ojos en camino fueron hogueras’
Los ojos eran granadas y el estallido el agua que bañaba nuestras sienes.
Los ojos se anticipaban a la muerte en un espejo que resplandecía.

Este pan era mío. Este pan y el alba.
El pan se entristecía en la mano. El alba se cuajaba de ángeles.
Y todo estaba en nosotros.

Los pájaros de fuego rayaban nuestra voz.
Tú lo sabías. Lo supe yo. Las estrellas lo supieron.
La trinchera era nuestra tumba y nuestra madre.

Este pan era mío. Se desgajaban las palabras.
La muerte nos tocaba y caían nuestras horas.
Quedábamos desnudos enredados en lágrimas.

Las llamas cubrían nuestro paso.
Yo moría y tú nacías. Yo para nacer. Tú para morir.
Todos moríamos y nacíamos.

Juan Jacobo Bajarlía

En: Poesía Buenos Aires, Nº 13/14, 1953

FUENTE

Bayley, E. – [...y otros] La poesía del cincuenta. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1981

Sobre Bajarlía ver:

Friera, Silvina. Catálogo de letras amigas de lo ajeno: El libro de los plagios, de Juan Jacobo Bajarlía. En: Página/12, 3 de enero de 2012

Friera, Silvina. El zoólogo de lo monstruoso: murió el poeta Juan Jacobo Bajarlía. En: Página/12, 1 de agosto de 2005

Juan Jacobo Bajarlía. En: Literatura.org

Juan Jacobo Bajarlía. En: Nuestros Poetas, Telam

Juan Jacobo Bajarlía. Sitio Oficial